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RELATOS DE TERROR

Relato de terror, El doctor Rudenfurt
En el noveno capítulo de la extraordinaria historia del doctor Rudenfurt, el protagonista consigue librarse de una pesadilla pero tiene un incidente con el ayudante del doctor Rudenfurt.
 
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Fue entonces cuando
CAPÍTULO NOVENO
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ue entonces cuando conseguí romper la cadena imaginaria que me había obligado a presenciar aquel maldito y terrible espectáculo y pude saltar frenéticamente hacia la ventana para abrirla y recibir por ella el fresco y agradable viento de una noche ya tranquila. Mi espíritu se calmó y pude recobrar el dominio de mis nervios, alterados por la visión de aquella horrible pesadilla.

Comprendí que todo lo que acaba de ver era una alucinación provocada por mi inquieta imaginación, e intenté recuperar la serenidad y calma volviendo a la cama para intentar dormir. No me fue fácil conciliar el sueño pero, finalmente, quedé sumido en un inquieto sopor.
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A la mañana siguiente, desperté con la boca seca y un sabor amargo en ella, impresionado aun por el recuerdo de la terrífica pesadilla.

Cuando bajé al salón, Juan, el ayudante del doctor Rudenfurt, estaba muy atareado ordenando y recolocando algunos cuadros de motivos bastantes siniestros que me recordaron imágenes de la serie "Los desastre de la guerra" del insigne pintor Francisco de Goya y Lucientes. Al notar mi presencia, me saludó efusivamente con su característico tono de voz:

- ¡Buenos días; buenos días!. Hermosa mañana, ¿no es cierto?.

- Pues sí, eso parece; que tenemos una buena y soleada mañana - Contesté yo, intentando sonreír y consiguiendo tan solo esbozar una lánguida mueca condicionado por la molesta e incómoda jaqueca que me estaba taladrando las sienes y que no me permitía poner más efusividad en el empeño.

¿Parece que no has pasado muy buena noche? - Preguntó, con cierta sorna, Juan, que prosiguió sin darme tiempo a responderle - Es natural, la habitación en la que has estado no era la más apropiada para dormir con tranquilidad; ¡je, je, je!. Hay en ella demasiados silencios.

Su mordaz y sarcástica risa, aunque apenas fue emitida para sí mismo, agudizó mi dolor de cabeza como si cada una de las neuronas de mi dolorido cerebro hubiera sido activada por los temibles electrodos de un aparato de electrochoc.

¿Qué ocurre, que escándalo es este? - Preguntó el doctor Rudenfurt, que, en ese momento, había aparecido por una puerta situada a la derecha de las escaleras que daban al segundo piso y al lado de la que llevaba a la biblioteca.

- Estábamos comentando el buen tiempo que hace, doctor - Explicó entrecortadamente Juan, con voz más débil que la que usaba para dirigirse a mí.

El doctor me miró interrogativamente esperando, supuse, una confirmación de las palabras de Juan. - Sí, sí, estábamos hablando de la espléndida mañana que nos ha dejado la tormenta. Eso favorecerá mi regreso al pueblo.

-¿Pero..., es que piensas irte ya? - Preguntó el doctor, extrañado.

- Pues sí, doctor- Contesté yo, sonriendo y frunciendo el ceño como acto reflejo por el efecto de otra pulsación dolorosa en las sienes - No es que esté disconforme con su hospitalidad, pero es mi obligación regresar lo antes posible al pueblo, para hacerme cargo de mis responsabilidades.

- Pero, al menos, te quedarás a desayunar...

- Si insiste...

- Por supuesto que insisto. Faltaría más. Ven, lo tomaremos en la biblioteca; Juan nos lo llevará allí.

- Te ruego disculpes a Juan por el tono en el que se ha dirigido a tí hace unos momentos - Me indicó el doctor cuando su ayudante ya se había retirado, después de servirnos el desayuno - Es su propia desequilibrada naturaleza anímica la que le hace hablar a veces en un tono que puede resultar molesto o grosero a cualquier interlocutor no familiarizado con su historial médico. Se trata de un efecto secundario del tratamiento, que no he podido controlar del todo y que, por lo que parece, le proporciona gran placer y satisfacción. Al principio de mis investigaciones y experiencias con él, pensé que ocurriría lo contrario, puesto que sus reacciones así lo iban indicando, pero, poco después, esa faceta de su carácter se definió como dominante y ya no me fue posible modelarla.

gran placer y satisfacción
Comprendo - Dije yo - El carácter interno de cada uno es algo que no podemos remediar ni esconder indefinidamente y, tarde o temprano, sale a relucir. ¡Cada uno es como es!

El doctor asintió moviendo la cabeza afirmativamente. Continuamos hablando de los fundamentos neurológicos del carácter de las personas y de otros apasionantes temas relacionados.

Terminado el desayuno y deseoso de llegar sin más dilaciones al pueblo, le pedí al doctor información de cómo conseguirlo y me despedí de mis anfitriones con un cordial apretón de manos que, en el caso de Juan, me pareció correspondido con cierta reticencia.

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tema escrito por: José Antonio Hervás