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RELATOS DE TERROR

Relato de terror, El doctor Rudenfurt
En el séptimo capítulo de la extraordinaria historia del doctor Rudenfurt, el protagonista y los anfitriones de la casa se retiran a descansar no sin pasar antes por otro acontecimiento especial.
 
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Durante un buen rato
CAPÍTULO SÉPTIMO
INICIO
urante un buen rato, el doctor Rudenfurt me habló de sus experiencias en el campo de la electropsiquelogía y me mostró, mediante distintos razonamientos y caminos, una serie de teorías e hipótesis concernientes a su doctrina.

Palabras que fueron asimiladas más o menos bien por mi embarullado cerebro que, en pocas horas había recibido más información y experiencias inéditas que en veinticinco años de funcionamiento.

Por momentos olvidaba enteramente mi situación y creía ser un habitante habitual de la casa totalmente identificado y compenetrado con los pensamientos del doctor.

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Procedentes de algún lugar de la casa, sonaron con tono grave, doce campanadas que anunciaban la solemne hora de la media noche.

Mi cuerpo se estremeció, no sé si de frío o de temor, y recobré la noción de las circunstancias que me habían llevado hasta aquella casona, recordando al chico enfermo y la tormenta que había asustado a la mula que me llevaba de vuelta al pueblo.

- Seguramente desearas descansar - Dijo el doctor en tono cortés - Le he dicho a mi ayudante que prepare una de las habitaciones, pues a estas horas y con la noche que tenemos es lo más lógico.

-!Oh¡ no se preocupe, doctor; estoy emocionado escuchándole hablar sobre sus investigaciones y experiencias; me siento orgulloso pensando que muy pocas personas, antes que yo, han tenido la oportunidad de conocer lo que me está contando.

- Es cierto; muy pocas personas conocen, de momento, mis trabajos de investigación, pero eso es algo que más pronto que tarde va a cambiar para bien de la comunidad científica. De todos modos, no me importará esperar unas horas más para alcanzar la gloria, así que permíteme que insista en que nos retiremos a descansar para despejar nuestras mentes y reposar de los problemas e incidencias que nos han abrumado durante el día.

- Pues sí, ciertamente - Opiné yo.

-Ven... - El doctor interrumpió su frase y yo intuí que era por no conocer mi nombre.

- Francisco, doctor; mi nombre es Francisco - Le dije.

El doctor sonrió y continuó hablando:

- Gracias, Francisco; yo mismo te indicaré tu habitación.

Volvimos a la sala en la que estaba la puerta de salida a la calle y subimos por las sombrías escaleras que llevaban al segundo piso. Seguimos por un oscuro pasillo a cuyos lados había varias puertas y llegamos a una situada al final del mismo.

Reposar de los problemas
El doctor me dijo mientras abría la puerta de la habitación:

- Lamento no poder ofrecerte nada más confortable, pero confío en que puedas descansar en la cama que te ha preparado Juan. La habitación ha estado cerrada desde que murió en ella uno de mis pacientes y me temo que encontrarás bastante polvo y alguna que otra telaraña.

Sonreí y me dispuse a entrar, pero entonces él, continuó:

- Otro de los inconvenientes es que deberás iluminarte con una vela ya que la instalación eléctrica de esta zona de la casa está estropeada. El paciente del que te he hablado tuvo un accidente que fue la causa de su fallecimiento.

- ¿Electrocutado?- Pregunté yo, con tono de preocupación.

- ¡No, no!, murió por romperse el cuello.

¿Ahorcado? - Pregunté.

- Sí, ahorcado - Indicó el doctor en tono pensativo - Solo faltaban dos días para terminar de instalar los aparatos e instrumentos de trabajo que me habrían permitido librarle de sus pesadillas pero el pobre desgraciado no tuvo la fuerza suficiente para refrenar sus impulsos suicidas.

Al oír su explicación, noté que una extraña sensación mezcla de repugnancia, tristeza y miedo se apoderaba de mi espíritu. La unión de esos sentimientos es, aparentemente, una combinación antinatural, pero, ciertamente, en aquellos momentos, ese era mi estado anímico.

- Bueno, Francisco, te dejo. Yo también he de descansar; mañana será un día ajetreado. Que pases buena noche.

- Le deseo lo mismo doctor.

- ¡Ah, se me olvidaba; en uno de los cajones de la mesita que hay a la izquierda de la cama encontrarás fósforos por si tuvieras que volver a encender la vela.

- Bien, bien, doctor - Dije yo, moviendo la cabeza en señal de conformidad.

Con pasos cortos, casi deslizándose más que caminando, el doctor fue alejándose por el pasillo mientras yo me quedaba observando hasta verle desaparecer escaleras abajo. Cerré la puerta de la lúgubre habitación y, entonces, condicionado por la conversación anterior y la débil y vacilante luz de la pequeña vela, me pareció distinguir entre las fantasmales sombras de la azulada llama, la estentórea silueta de un ahorcado.

Pasado el momento de absurdo temor, me dispuse a desvestirme mientras sonreía moviendo la cabeza por mi incomprensible e inoportuno desasosiego.

El corazón de la tormenta se estaba alejando hacia otros parajes; su fragor se oía lejano y apagado; los truenos eran cada vez más espaciados y menos estruendosos y los relámpagos apenas clareaban el negro manto de la cerrada noche.

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tema escrito por: José Antonio Hervás