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RELATOS DE TERROR

Relato de terror, El doctor Rudenfurt
En el octavo capítulo de la extraordinaria historia del doctor Rudenfurt, el protagonista encuentra un pequeño tesoro en forma de libro y vive una experiencia aterradora.
 
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Además de una anticuada
CAPÍTULO OCTAVO
INICIO
demás de una anticuada pero robusta cama con pie y cabecera de hierro forjado, envidia y admiración de cualquier buscador de antigüedades y de la vieja mesita sobre la que estaba la vela, la habitación tenía como muebles dos destartaladas sillas y un pequeño y carcomido armario de cristaleras con casi todas ellas rotas.

Busqué algo que leer entre las estanterías del armario y tuve la buena suerte de encontrarme con un precioso y coqueto librito, de bella y esmerada encuadernación que contenía una obra que algunos años atrás había leído con gran dedicación: "Werther". Quedé muy satisfecho de mi hallazgo, pues ya entonces era un rendido admirador de Juan Wolfgang Goethe aunque no hubiese leído toda su obra.
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Pasé las primeras hojas del libro y, antes de que comenzara el poema, encontré una extensa nota manuscrita entre sus página. La letra era muy esmerada (visiblemente de mujer) y decía:

- Querido Dionisio:

Con todo el afecto y cariño que pueden brotar de mi corazón, te entrego este pequeño y entrañable libro para que lo guardes muy cerca del tuyo.

Yo..., vida mía. ¡Oh que doloroso y terrible es para mí este momento! No puedo dejar por más tiempo que vivas en un mundo quimérico y engañado por las fantasías. Es muy duro para mí decirte lo que tengo que decirte ... ¡No quiero que pienses que no te amo!; por favor, no lo pienses ni por un instante; mi amor por ti es sincero y desinteresado como el interés de la flor que ofrece su dulce néctar a la mariposa; es impetuoso y espontáneo como el torrente de cristalinas aguas que baja de la montaña para regar el fértil valle y siempre recordaré con emoción y sentimiento tu romántica y quebrada voz hablándome de amor, tu melancólica y dulce mirada, tus cálidas y vehementes manos acariciando mi cuerpo para llevarlo al más sublime de los paroxismos y hacerme sentir la criatura más feliz del universo, pero ahora, por el bien de nuestro amor y de su recuerdo, debemos separarnos antes de que se convierta en algo rutinario y anodino, en algo sucio y maldito.

Al tomar esta decisión sé que mi vida se irá extinguiendo poco a poco para fundirse con el recuerdo de tu amor, pero no queda más remedio.

¡Hasta siempre, amor mío!. Siempre tuya, en cuerpo y espíritu: Carlota.

P. D. Guarda muy cerca de ti este libro, reflejo de nuestro sufrido amor.

La lectura de aquella carta me sobrecogió especialmente y sentí una gran pena por el desdichado que la había recibido dentro de aquel precioso libro. Un profundo suspiro escapó de mi alma y ya no tuve fuerzas para continuar leyendo. Dejé el libro sobre la mesita, apagué la vela y me dispuse a dormir con no demasiada esperanza de conseguirlo pronto.

La oscuridad que reinaba en el aposento no era completa pues una estrecha ventana que carecía de postigos, dejaba entrar, a su través, parte de la tenue claridad de la noche.

Mi vista se adaptó pronto a la penumbra y pude distinguir de nuevo el escaso mobiliario de la habitación. Al poco, observé algo en lo que no había reparado anteriormente: una de las sillas estaba colocada justamente debajo de una pequeña lámpara que colgaba de la pared. Quede intrigado porque la silla se encontraba de lleno en la trayectoria del camino que yo había seguido para acceder a la cama y no recordaba ese detalle. Agucé la vista y me froté los ojos para eliminar de ellos todo principio de sueño, pero mi sorpresa se desbordó cuando, al abrir de nuevo los ojos, observé sobre la silla una difusa silueta.

Sin salir de mi asombro comencé a distinguir la fantasmal figura de un hombre que vestía una amplia camisola y unos viejos y deshilachados bombachos. Las dos prendas parecían deterioradas y ocultaban un cuerpo que se adivinaba extremadamente delgado a tenor de su demacrado y cadavérico rostro. Tenía las manos rígidas y sus movimientos eran lentos y maquinales como los de un autómata.

Yo le observaba con impotencia y espanto mientras él manipulaba con lentitud el cable del que colgaba la lámpara, sin reparar en mi presencia. Desde mi privilegiado palco, estaba siendo espectador accidental e involuntario de la escena previa a la culminante de una película de terror.
Con especial lentitud y movimientos maquinales, como en una secuencia a cámara lenta, se bajó de la silla, llevando en una mano la lámpara.

De un solo paso llegó hasta la mesita y mientras volvía su semblante, macilento y carente de vida hacia mí, me pareció que el universo se había vuelto tridimensional y el tiempo había dejado de existir. Una expresión de profunda e impenetrable locura y una inmensa tristeza resaltaban con terrible realismo las acusadas facciones de su pálido rostro (sus ojos, vidriosos, estaban hundidos dentro de unas órbitas que parecían dos cuencos ovalados, blancos y secos; su nariz sobresalía desproporcionadamente de la cara y sus labios, agrietados y morados, temblaban convulsivamente mientras dejaban entrever una piorreica dentadura).


una lazada mortal
Estaba tan cerca de mí, que oía, por encima de los míos, los latidos de su angustiado corazón. La lámpara se le cayó al suelo antes de poder dejarla sobre la mesita cómo, al parecer, pretendía, pues sus manos se notaban débiles y agarrotadas y me sobresalté absurdamente cuando el ruido de la caída llegó hasta mí.

Abrió un cajón de la mesita y sacó de él un libro idéntico al que yo había tenido en mis manos (no era el mismo, puesto que estaba viendo los dos en ese momento); lo tomó, lo miró, suspirando mientras lo besaba y una desgraciada lágrima de amor cayó por su escuálido semblante. A continuación, sacó del cajón un trozo de cuerda y volvió a subirse de nuevo a la silla para continuar manipulando el cable eléctrico. Unió éste con la cuerda e hizo con el conjunto una lazada mortal. Miró por última vez el libro que había dejado a sus pies y se agitó enérgicamente para apartar la silla. De ese modo, escapó de él el último soplo de vida que contenía su cuerpo.

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tema escrito por: José Antonio Hervás