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RELATOS DE TERROR

Relato de terror, El doctor Rudenfurt
En el sexto capítulo de la extraordinaria historia del doctor Rudenfurt, el protagonista continúa escuchando extasiado la continuación de la terrorífica historia del ayudante del doctor Rudenfurt.
 
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Ella me habló
CAPÍTULO SEXTO
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lla, me habló entonces, descompuesta:

- ¡Hijo, por Dios misericordioso!, ¿qué vas a hacer?-

Al oír sus palabras, noté que mi rostro se encendía y mis ojos intentaban salirse de sus cuencas. Sentí contra ellos, en aquel instante, un odio y repulsión infinitos e, inmediatamente, alcé los brazos y descargué con intensa furia, sobre la cabeza de ella, el arma asesina.

Su cabeza quedó convertida en una masa informe y repugnante de huesos y sustancia cerebral, en la que todos sus componentes se hallaban aplastados y destruidos.

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Algunas gotas de sangre salpicaron a mi cara y sentí un calor insoportable quemando, como un ácido corrosivo, mi rostro.

Encolerizándome aun más, levante de nuevo el hacha, ahora sobre mi padre, que me miraba con ojos extraviados y traspuestos, sin poder moverse por el terror que agarrotaba sus huesos, y la descargué con sumo coraje sobre su cabeza, una y otra vez.

Cualquier criatura, no ya humana, sino viviente, habría sentido una repugnancia y miedo atroces al contemplar aquel dantesco espectáculo, pero yo (monstruo infame y sanguinario) experimenté un placer lujurioso e inconmensurable.

De pronto, en un arrebato que no puedo recordar si era de alegría por haberme librado de las humillantes cadenas que me habían atenazado hasta ese momento o de terror por el terrible acto que acababa de cometer, salí gritando hacia la calle como alma que lleva el diablo.

Una ráfaga de lluvia, arrojada sobre mi cara con ímpetu salvaje por el huracanado viento que en esos momentos azotaba la zona, me hizo reaccionar e, instintivamente, miré al cielo para, de inmediato, esconder la cabeza entre los brazos con el fin de no quedar cegado con el intensísimo relámpago que en ese instante convertía la noche en día y defender mis tímpanos del acérrimo trueno que a continuación rompía en mil pedazos el negro manto que cubría el cielo.

De nuevo, todo mi cuerpo fue sobrecogido por extrañas convulsiones ocasionadas por un furor vehemente y exaltado. Una curiosidad infinita, una fuerza superior a la potencia de mi cerebro, me condujo, me arrastró, hipnotizado y fascinado, hacia la habitación que conservaba en el seno de su silencioso ambiente la prueba irrefutable y elocuente de mi execrable pecado.

Ayudado por la tenue claridad de la noche y el reflejo de los numerosos rayos que seguían desgarrándola, caminé hasta llegar cerca de la habitación en la que yacían los cuerpos mutilados y exánimes de los causantes de mi infausta vida.

Cuando alcancé la puerta, discerní en el fondo de la habitación cuatro pequeñas luces que fulguraban como luciérnagas en cortos intervalos de tiempo, con un brillo intenso y sutil, denotando, al mismo tiempo, una singular y fantástica peculiaridad.

- ¿Que podrá ser? - Me pregunté, mientras me acercaba para ver de que se trataba.

Al acercarme, pude distinguir, además de las luces, dos manchas intensamente rojas que parecían estar en completa agitación.

Afiné los sentidos hasta sentir que la habitación estaba inmersa en un pavoroso silencio. De pronto, alrededor de cada una de las cuatro lucecitas, vi como se formaban otros tantos anillos amoratados y lacios, que emitían una siniestra luminiscencia cuando las luces brillaban. En ese momento, comencé a oir unas voces que, desde un lugar lejano y recóndito pero, a la vez, dentro de mi cabeza, gritaban:

- ¡Hijo!, ¿qué es lo que vas a hacer? ¡Hijo, hijo, hijo...!

Un cruel martilleo comenzó a resonar dolorosamente en el interior de mi cabeza. Un violento dolor me sobrecogió; parecía como si unas manos invisibles me estuvieran clavando por todo el cuerpo una infinidad de fríos y duros puñales. Cada puñalada era más dolorosa que la anterior, pero todas eran incruentas. Jamás olvidaré la voraginosa confusión que se originó en mi trastornada mente; por una parte, cada vez resonaban más estrepitosamente las angustiosas voces que repetían aquellas palabras sin sentido para mí:
¡hijo, hijo, hijo...! , por otra, aquellos estridentes y agudos gritos que repercutían en todos los rincones como un eco infinito y sobrenatural que creaba sus propios sonidos para volver a repetirlos junto a otros nuevos acompañados de ensordecedores y chirriantes ruidos.
martilleo en la cabeza
Atormentado y mareado por tanto estrépito, perdí el dominio de los sentidos y caí desmayado.
El doctor Rudenfurt murmuró algunas palabras más, que para mí fueron ininteligibles y, mientras volvía a colocar en su sitio las hojas, me dijo:

- Espero que hayas encontrado interesante lo que te he leído, ya que, por lo menos y eso no lo podrás negar, es un documento único.

Quedé pensativo, sin saber muy bien qué decir y, finalmente, moviendo la cabeza afirmativamente, exclamé fascinado:

- ¡ Realmente, es algo extraordinario!.

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tema escrito por: José Antonio Hervás