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RELATOS DE TERROR

Relato de terror, El doctor Rudenfurt
En el quinto capítulo de la extraordinaria historia del doctor Rudenfurt, el protagonista escucha atentamente el relato del extraordinario drama vivido por el ayudante del doctor Rudenfurt.
 
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Aquella última frase
CAPÍTULO QUINTO
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quella última frase, aunque pronunciada con la misma intensidad que las anteriores, resonó en mis oídos como un trallazo que provocó en mi cuerpo un escalofrío de espontánea inquietud.

Inmediatamente, el doctor comenzó a leer:

-Mayo de mil novecientos... Apuntes y anotaciones de la experiencia M. 5 D., quinta de la serie M. D.

El expediente psiquiátrico del sujeto bajo estudio es el que se relaciona a continuación:

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Carácter introvertido, predispuesto a la insociabilidad y preocupación excesivas. Padece trastornos mentales de tipo psíquico, caracterizados por fases de delirio general, agitación y tendencia al furor y la exacerbación, alternadas con episodios de melancolía, cansancio y temor paralizante a objetos y seres inmateriales e inexistentes.

Declaraciones del paciente, después de habérsele aplicado sobre los lóbulos temporales, durante un periodo de tres minutos y cuarenta y cinco segundos ondas electromagnéticas de longitud inferior a una micra y frecuencia de cuarenta mil hertzios...

- ...Yo..., no sé si podré describir y explicar los hechos, los terribles hechos con los que se me relaciona y sobre los que no me acuso ni eximo por no tener consciencia de su desarrollo y trascendencia, a no ser por algunos vagos y escasos recuerdos de una difusa y desagradable pesadilla que golpean mi cerebro como las destartaladas y viejas paletas de una vetusta noria que, a pesar del transcurso del tiempo y de sus inclemencias, continúa incesante e irremediablemente, como en el mito de Sísifo, con la rutinaria tarea de girar y girar para extraer de las agostadas entrañas de la tierra la última gota de agua.

Siento que los tuve que destruir porque estaban acabando con mí ser. ¡Si...,ahora recuerdo!. Ellos me querían arrancar de mi mundo, de mi universo; me querían quitar mis ilusiones, mis sueños, ¡la esperanza que mantiene en pie mi vida!.

Estaban deshaciendo poco a poco la fuerza vital de mi espíritu. ¡Me trataban como a una bestia!, ¡sí, como si fuera un monstruo sanguinario o una horrenda alimaña que no mereciese tan siquiera la misericordia de la más humilde de las criaturas.

Mi espíritu estaba convencido de que querían ahogar su sentimiento, extinguir la naturaleza de su ser y su fuerza de expresión. Por eso, pensó acabar con todas las contrariedades, con todos los obstáculos y mostrar enteramente su pleno deseo de libertad.

Mi desquiciada y desesperada mente proyectó un frío y diabólico plan para acabar con sus interminables y soporíferas peroratas. Ahora que los recuerdos brotan en mi mente con más abundancia y prodigalidad, pienso detenidamente en la indecible y fría serenidad y aplomo que llenaban mi espíritu cuando ideé aquel minucioso plan para acabar con sus diatribas.

Recuerdo que tomé en mis manos aquella vieja y herrumbrosa hacha que él tenía tirada en el fondo del trastero junto a otras inservibles e innecesarias herramientas y sentí que una indescriptible y voluptuosa emoción recorría todo mi cuerpo.

Caminé lenta, muy lentamente, arrastrando los pensamientos, la distancia que me separaba de su habitación para saborear cada fracción de segundo que transcurría en aquella lúgubre y silenciosa noche de luna llena.
Parecía que el hacha intentaba escapárseme de las manos, como un ser animado que poseyendo un hálito de vida tratara de no colaborar en una acción que se le presentaba como atroz y fuera de cordura, pero mi mano, dura como el más frío de los metales, impávida como la propia muerte, apretaba, ahogaba dentro de sí, la vida del hacha, mientras yo continuaba impasible mi camino.

pesadillas y miedos

Cuando llegué ante la puerta de su habitación, la abrí sigilosamente para que el rechinar de sus goznes no denotaran mi presencia antes de tiempo, si bien, por otra parte, no me importaba demasiado, pues yo mismo pensaba despertarlos antes de proceder a su escarmiento.

Parecían dormir profundamente en su amplia y elegante cama de recia compostura, con una grosera expresión de felicidad en sus rostros.

Al verlos así, tan frágiles, tan vulnerables, una ahogada risa que, paulatinamente, fue llenando todo el espacio de la habitación, comenzó a salir no sólo de mi boca sino de todos mis poros.

Despertaron sobresaltados y, entre las sombras y claros que se filtraban a través de unas pesadas cortinas entreabiertas que adornaban una amplia ventana, pude apreciar que él trataba alocadamente de encender una lámpara que había colocada a su derecha, para que esta iluminara la habitación. Cuando me vieron, percibí la perplejidad y el espanto en sus rostros al sospechar que algo muy desagradable iba a ocurrirles.

Sus ojos eran una angustiosa interrogación. No se explicaban cómo podía haber abierto la puerta del cuchitril en el que me arrojaban y encerraban bajo llave y cerrojos todas las noches. Cuando percibieron que yo no les hablaba y permanecía imperturbable, mirándoles fijamente, sin dejar de reír estridentemente, se aterrorizaron hasta quedar agarrotados. El, con voz entrecortada y tan imperceptible que más parecía un murmullo salido del centro de la tierra, me preguntó:

- ¡Pe... pero, Juan!. ¿Qué tienes en la mano? ¿Qué quieres?

Yo seguía sin decir nada, pero la intensidad que iba tomando, por momentos, mi risa no era nada bueno para su tranquilidad.

Me fui acercando lentamente a ellos, apretando con salvaje frenesí el hacha y, mientras la blandía sobre sus cabezas, pude sentir en la cara la respiración de todas las células de sus cuerpos.

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tema escrito por: José Antonio Hervás