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nformé a los padres sobre el comportamiento que deberían
tener durante algunos días y me dispuse a regresar
al pueblo, para reincorporarme cuanto antes a mi puesto de
guardia.
Tuve que insistir sobre mi decisión y obligación
de regresar al pueblo cuanto antes, ya que ellos, muy amablemente,
por cierto, intentaron convencerme para que no me aventurara
a cruzar el bosque con la noche al caer y el cielo encapotado.
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Al final comprendieron mis razones y, muy a su pesar, admitieron
mi partida con una condición que no pude menos que
agradecerles: puesto que el camino hasta el pueblo era largo
e inédito para mí, por haberlo seguido tan sólo
una vez y en unas condiciones complicadas, me dejarían
una vieja y mansa mula torda que, además de cargarme
hasta el pueblo, me haría de guía, pues el animal
conocía enteramente el camino por tenerlo, como se
suele decir, muy trillado.
Cuando salí de su casa, ya había empezado a
anochecer y el cielo amenazaba con descargar toda su furia
a través de grandes y negros nubarrones, presagio de
una inminente tormenta.
Mi experiencia como jinete es más bien escasa por lo
que consideré no hacerle coger a la mula más
que un pequeño trote, que no obstante me permitiría
llegar en buena hora al pueblo.
Poco después de internarnos en el bosque, estalló
la tormenta que se presentía y lo hizo con tal estrépito
y tan cerca de nosotros, que la propia mula se asustó
y me tiró de la silla mientras huía desbocada
por entre la sombría espesura del bosque.
La caída fue sobre un montón de hojarasca por
lo que, aunque apesadumbrado por la pérdida del animal,
pude comprobar que las heridas no me impedirían caminar.
Después de maldecir la tormenta y descargar sobre el
embarrado suelo del bosque la rabia de mi impotencia ante
las consecuencias del desafortunado incidente, me puse en
marcha. Las condiciones climatológicas, mi falta de
experiencia en situaciones similares y el desconocimiento
del terreno, me hicieron dar vueltas, desorientado, alrededor
del mismo sitio hasta que, medio desvanecido y exhausto por
el esfuerzo y los efectos de la caída, me pareció
observar entre las luces de los relámpagos lo que afortunadamente
resultó ser esta casa. El resto de la historia ya es
conocido por usted.
- Tuviste suerte de no fracturarte algún hueso- indicó
el doctor.
- Si, mucha suerte- Reconocí yo.
Mientras yo relataba los detalles de mi visita médica
y el incidente, ya habíamos llegado a la otra habitación,
pero, hasta entonces, no me había fijado en sus características:
Era amplia aunque se respiraba en ella un aire de intimidad
y solemne quietud. Se trataba, probablemente, de la estancia
más cuidada de la casa pues en sus paredes y muebles
se apreciaba una esmerada y minuciosa limpieza que no había
notado en las demás partes de la casa por las que me
habían llevado. Parecía ser una sala de lectura
o estudio pues los muebles que había en ella así
lo ponían de manifiesto. Sobresalía, por su
porte y grandiosidad un amplio armario de vetusta, pero sólida
construcción, repleto hasta su último rincón
de libros y revistas de variados tamaños y ordenada
colocación.
- !Oh, parece una gran biblioteca!- Exclamé admirando
su porte e intuyendo la belleza y calidad de su contenido.
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- Si; estoy orgulloso de ella, muy orgulloso. Para mí,
es un verdadero tesoro de obras técnicas y científicas.
- Parece que le atraen las ciencias.
- !Desde luego que si! pero, sobre todo, las que se ocupan
del cerebro y la mente o el espíritu humanos, como,
por ejemplo, la psiquiatría, la neurología,
la psicología, la psicodinámica o tantas otras
ciencias que tengan alguna conexión o relación
con dichas áreas del conocimiento.
- !Sin ninguna duda, ha de tratarse de una maravillosa biblioteca!
- Exclamé suspirando con vehemencia.
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El doctor Rudenfurt parecía estar en trance cuando
alagado en lo más profundo de su espíritu, me
dijo:
- !Este es mi gran tesoro; mi única riqueza, mi vida,
mi sentir...!Mi universo!.
Después prosiguió, ya menos exaltado:
Aquí puedes encontrar las obras completas de Freud
sobre la histeria y el significado de los sueños; los
resultados de Pavlov en relación con la fisiología
del cerebro y la neurastenia; los trabajos de Sheldon y Kretchmer
sobre los biotipos humanos y su conexión con las enfermedades
mentales y, en fin, otros muchos e importantes trabajos de
notables y prestigiosos científicos.
- ¿Tiene alguna obra que trate sobre la radiestesia
o la metapsíquica?- Le pregunté con cortés
indiferencia que trataba de ocultar mi marcada curiosidad.
- ¿Sobre las pseudociencias?- Me preguntó él
a su vez, notando el tono falso de mi voz, pues una ligera
sonrisa asomó a su rostro.
- Sí, creo que esa es su denominación general-
Contesté yo, moviendo la cabeza, instintivamente, en
señal de afirmación.
- Naturalmente que sí. Aunque los fundamentos de dichas
ciencias no estén rigurosamente asentados en bases
sólidas, sus conceptos filosóficos, su estudio,
la compenetración con ellas, predispone a un mejor
entendimiento de las fuerzas primigenias de la naturaleza
humana.
-Pero, desde luego - Continué diciendo yo - No debemos
dejarnos subyugar por sus tesis y contenidos, pues corremos
el riesgo de perder la estimación y la fe en las verdaderas
ciencias.
Quedamos unos momentos en silencio, por mi parte, contemplando,
abstraído, toda la belleza de tan espléndida
biblioteca, como si de la legendaria de Alejandría
hubiéramos estado hablando. |
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