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uando
el hombre terminó de cerrar la puerta, se acercó
a mí y, con su voz rota y aguardentosa y una diabólica
sonrisa que ya me parecía característica en
él, me dijo:
-Informaré al doctor Rudenfurt de que tenemos un visitante.
Hacía mucho tiempo que nadie nos visitaba !je, je!.
El, cómo dueño de la casa, te ofrecerá
su hospitalidad y puedo asegurarte que no olvidarás
nunca el tiempo que pasarás en ella; je, je, je!
Sentí en todo mi cuerpo un estremecimiento de angustia
indefinible, al notar en mis oídos aquella estridente
y maligna risa.
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-Espera un momento aquí, por favor, forastero - Dijo
el hombre mientras me dejaba para subir por una angosta escalera
que comunicaba la estancia en la que me había recibido
con otras habitaciones de la casa situadas a un nivel superior
- Avisaré al doctor Rudenfurt de tu llegada aunque,
probablemente, ya sepa de ella. !Je, je, je!
A pesar de la escasa luz que la iluminaba, podía apreciar
que la sala en la que me encontraba, era bastante amplia y
estaba casi desprovista de muebles, presentando los pocos
que había en ella, el aspecto de no haber recibido
muchas atenciones en los últimos cincuenta años.
En las paredes había colgados varios grandes cuadros
en los que se representaban con sorprendente realismo toda
clase de desagradables escenas que recordaban los motivos
del jardín de las delicias del Bosco o de los caprichos
de Goya.
El hombre reapareció pronto por donde había
desaparecido, acompañado de quién debía
ser, lógicamente, el doctor Rudenfurt.
Este último era de pequeña estatura, en proporción
con su acompañante; algo obeso, sin sobrepasar mucho
a un hombre de figura normal y tenía una gran barba
de pelo canoso, que contrastaba con una cabeza desprovista
totalmente de cabello. Vestía una gran bata blanca,
con botonadura o ajuste a la espalda y llevaba unas gafas
redondas de amplia y oscura montura de pasta que intensificaban
una perspicaz e inquietante mirada.
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-Bienvenido a esta tu casa, joven. Soy el doctor Rudenfurt-
Me dijo sonriendo el hombre que venía con el que momentos
antes había ido en su búsqueda - Espero que
tu estancia en ella te resulte agradable. !Pero ven, acompáñame
por favor, pasemos a una habitación más confortable!.
- ¿A qué se debe ...
- Continuó diciéndome el Doctor Rudenfurt, mientras
nos dirigíamos a otra de las salas de la casa
- que en una noche como esta, te hayas atrevido a viajar por
estos parajes tan inhóspitos?. Has debido tener una
razón muy poderosa.
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Desde luego que si- Contesté - Se trataba de salvar
la vida de un niño y confío en que gracias a
mi intervención y la providencia y el beneplácito
de Dios haya salido de peligro.
- !Ah!, ¿eres médico?- me preguntó esbozando
una amplia sonrisa, que alcanzó todo su rostro y dejó
ver su ancha boca, hasta entonces oculta por la barba.
- Pues sí, soy médico. Ejerzo como médico
rural.
- ¿Médico rural? - Me preguntó, recalcando
la frase que yo acababa de pronunciar - Es una bonita y sacrificada
profesión la de médico rural, derramando siempre
perseverancia y voluntad en el desempeño de su actividad...!
Es Admirable tanto tesón y esfuerzo que, en general,
no suelen ser valorados en su justa medida!.
- Muchas gracias, doctor - Le dije sonriendo - Es usted muy
amable.
- !Oh no!; ¡no lo digo por adularte. Es lo que pienso!
¿Pero dime, como es que has llegado hasta aquí?
Esta casa no queda en el camino de ninguna otra para comunicarse
con el pueblo.
- El motivo que me ha traído hasta aquí ha sido
accidental. Hace tan sólo una semana que ejerzo en
esta comarca y no conozco ni el terreno ni los caminos.
- ¿Y cómo es que has llegado a la casa en la
que vive ese niño? - Me preguntó con cara de
extrañado.
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- Al ir hacia su casa, lo hice acompañado por su padre,
que había ido a buscarme al pueblo, mientras la madre
se quedaba con él para cuidarlo y atenderlo. Como el
padre me indicó que su hijo se había sentido
mal mientras estaba jugando con unas setas que había
cogido en un bosque cercano a su casa, tuve la precaución
de colocar en el botiquín varios tipos de antídotos
generales para venenos producidos por setas.
Al llegar a su casa, estudié los síntomas que
presentaba el niño, le dije a su padre que me localizara,
si era posible, algún ejemplar de las setas que, al
parecer, había ingerido y, con ese conocimiento, le
suministré inmediatamente, por vía intravenosa,
un antídoto que contrarrestara los efectos del veneno
en su sistema circulatorio y le evitara otros efectos irreparables
en su organismo.
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Me había preocupado también, al salir camino
de su casa, de colocar en el botiquín algunos vomitivos
para hacerle un lavado de estómago al niño y
vaciárselo de cualquier resto de veneno, por si su
estado era tal que los riesgos de trasladarlo a un hospital
fueran mayores que los de realizarle tal operación,
como efectivamente aprecié. |
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