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RELATOS DE TERROR

Relato de terror, El doctor Rudenfurt
El relato de la historia en los términos en los que se recoge en estas páginas es una revisión al texto manuscrito original elaborado como un ensayo de juventud a principios de los años setenta del pasado siglo veinte.
 
cuando el hombre ESTE ES EL CAPÍTULO DOS
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uando el hombre terminó de cerrar la puerta, se acercó a mí y, con su voz rota y aguardentosa y una diabólica sonrisa que ya me parecía característica en él, me dijo:

-Informaré al doctor Rudenfurt de que tenemos un visitante. Hacía mucho tiempo que nadie nos visitaba !je, je!. El, cómo dueño de la casa, te ofrecerá su hospitalidad y puedo asegurarte que no olvidarás nunca el tiempo que pasarás en ella; je, je, je!

Sentí en todo mi cuerpo un estremecimiento de angustia indefinible, al notar en mis oídos aquella estridente y maligna risa.

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-Espera un momento aquí, por favor, forastero - Dijo el hombre mientras me dejaba para subir por una angosta escalera que comunicaba la estancia en la que me había recibido con otras habitaciones de la casa situadas a un nivel superior - Avisaré al doctor Rudenfurt de tu llegada aunque, probablemente, ya sepa de ella. !Je, je, je!

A pesar de la escasa luz que la iluminaba, podía apreciar que la sala en la que me encontraba, era bastante amplia y estaba casi desprovista de muebles, presentando los pocos que había en ella, el aspecto de no haber recibido muchas atenciones en los últimos cincuenta años.

En las paredes había colgados varios grandes cuadros en los que se representaban con sorprendente realismo toda clase de desagradables escenas que recordaban los motivos del jardín de las delicias del Bosco o de los caprichos de Goya.

El hombre reapareció pronto por donde había desaparecido, acompañado de quién debía ser, lógicamente, el doctor Rudenfurt.

Este último era de pequeña estatura, en proporción con su acompañante; algo obeso, sin sobrepasar mucho a un hombre de figura normal y tenía una gran barba de pelo canoso, que contrastaba con una cabeza desprovista totalmente de cabello. Vestía una gran bata blanca, con botonadura o ajuste a la espalda y llevaba unas gafas redondas de amplia y oscura montura de pasta que intensificaban una perspicaz e inquietante mirada.
-Bienvenido a esta tu casa, joven. Soy el doctor Rudenfurt- Me dijo sonriendo el hombre que venía con el que momentos antes había ido en su búsqueda - Espero que tu estancia en ella te resulte agradable. !Pero ven, acompáñame por favor, pasemos a una habitación más confortable!.

- ¿A qué se debe ...

- Continuó diciéndome el Doctor Rudenfurt, mientras nos dirigíamos a otra de las salas de la casa.

de pequeña estatura

- que en una noche como esta, te hayas atrevido a viajar por estos parajes tan inhóspitos?. Has debido tener una razón muy poderosa.

- Desde luego que si- Contesté - Se trataba de salvar la vida de un niño y confío en que gracias a mi intervención y la providencia y el beneplácito de Dios haya salido de peligro.

- !Ah!, ¿eres médico?- me preguntó esbozando una amplia sonrisa, que alcanzó todo su rostro y dejó ver su ancha boca, hasta entonces oculta por la barba.

- Pues sí, soy médico. Ejerzo como médico rural.

- ¿Médico rural? - Me preguntó, recalcando la frase que yo acababa de pronunciar - Es una bonita y sacrificada profesión la de médico rural, derramando siempre perseverancia y voluntad en el desempeño de su actividad...! Es Admirable tanto tesón y esfuerzo que, en general, no suelen ser valorados en su justa medida!.

- Muchas gracias, doctor - Le dije sonriendo - Es usted muy amable.

- !Oh no!; ¡no lo digo por adularte. Es lo que pienso! ¿Pero dime, como es que has llegado hasta aquí? Esta casa no queda en el camino de ninguna otra para comunicarse con el pueblo.

- El motivo que me ha traído hasta aquí ha sido accidental. Hace tan sólo una semana que ejerzo en esta comarca y no conozco ni el terreno ni los caminos.

- ¿Y cómo es que has llegado a la casa en la que vive ese niño? - Me preguntó con cara de extrañado.
cogiendo setas
- Al ir hacia su casa, lo hice acompañado por su padre, que había ido a buscarme al pueblo, mientras la madre se quedaba con él para cuidarlo y atenderlo. Como el padre me indicó que su hijo se había sentido mal mientras estaba jugando con unas setas que había cogido en un bosque cercano a su casa, tuve la precaución de colocar en el botiquín varios tipos de antídotos generales para venenos producidos por setas.

Al llegar a su casa, estudié los síntomas que presentaba el niño, le dije a su padre que me localizara, si era posible, algún ejemplar de las setas que, al parecer, había ingerido y, con ese conocimiento, le suministré inmediatamente, por vía intravenosa, un antídoto que contrarrestara los efectos del veneno en su sistema circulatorio y le evitara otros efectos irreparables en su organismo.

Me había preocupado también, al salir camino de su casa, de colocar en el botiquín algunos vomitivos para hacerle un lavado de estómago al niño y vaciárselo de cualquier resto de veneno, por si su estado era tal que los riesgos de trasladarlo a un hospital fueran mayores que los de realizarle tal operación, como efectivamente aprecié.

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tema escrito por: José Antonio Hervás