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La apartó y comenzó a sacar las prendas intentando
encontrar la que andaba buscando. Enseguida se fijó
en un precioso delantal, bordado a mano con hilos de colores
tan brillantes, que parecía que alguien los alumbraba
desde el interior. Formaban un precioso dibujo de una fuente
en un precioso jardín. Le recordó algún
rincón del parque de María Luisa por el que
había jugado cuando era una niña. Era tan bonito
que le extrañó no haberse fijado antes en él.
Lo colocó sobre su falda para contemplar el efecto
que producía y fue entonces, al introducir sus manos
en él, cuando encontró el sobre.
No ponía nada en su exterior, pero la curiosidad pudo
más que la discreción y lo abrió sacando
el amarillento papel que contenía.
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Una picuda y varonil letra cubría toda la hoja por
ambos lados. Tres palabras la encabezaban: A mi diosa.
Algo parecido a un calambrazo la recorrió entera, como
si la pasión con la que esas palabras habían
sido escritas, se conservase intacta en ellas a pesar de lo
inerte del papel y del mucho tiempo transcurrido.
Era una carta de amor, pero ¿qué podía
hacer una carta de amor en un mandil de su abuela?
Levantó los ojos y fue cuando la miró. Allí
estaba como siempre desde que la recordaba. Muy mayor, muy
arrugadita, muy pequeña, en su mesa camilla mirando
a través de la ventana y escuchando la radio, que desde
que las cataratas habían cubierto parte de sus pupilas,
se había convertido en su inseparable compañera.
-¿Por qué me miras así niña?-
-¡Jo! Y luego dices que no ves - protestó Julia
escondiendo la carta.
-No veo leer, pero a ti te vería en cualquier parte.
- dijo riéndose - . Sabes que veo los bultos tontita.
Además con el ruido que estás haciendo como
para no saber que estás ahí.
Salió de la habitación, cerrando primero el
arcón y dándole un beso como siempre hacía,
pero llevándose la carta
A mi diosa de pelo negro y andares valientes – continuaba
la misiva- a la que añoro desde mis noches de vendavales
en las que sueño con tus ojos grandes y negros, tan
negros como tu pelo negro.
¡Dios mío, que pasión! ¿Quién
escribiría algo así y a quien iría dirigido?
Sin poder contener su curiosidad dirigió sus ojos al
final de la carta
A mi amada Julia, Tuyo siempre, Pedro
¡No podía ser!. Julia era su abuela, ella se
llamaba así por ella y nadie más en la familia
llevaba ese nombre.
¿Y Pedro, quien era Pedro? El abuelo se llamaba Juan
y se casaron cuando ella tenía 17 años y él
23, no había tenido tiempo de otros amores... a no
ser qué...
Dirigió la vista hacia el encabezamiento y la fecha
marcaba 1949, es decir si sus cálculos no fallaban,
quince años después de que sus abuelos contrajeran
matrimonio.
Un nudo se le hizo en el estómago. Si todo eso era
lo que parecía su abuela había tenido un amor
prohibido, en una época en la que el adulterio estaba
castigado con la cárcel.
Sacudió la cabeza, se estaba dejando llevar por su
imaginación, al fin y al cabo solo era una carta, podía
ser de un admirador que nunca fue correspondido.
Dices que nos conocimos en otra vida – continuaba -
¿y tu crees que a una mujer como tu, una vez conocida,
aún en otra vida, se la puede olvidar? ¿se pueden
olvidar sus cadencias, sus pechos de nácar, la blancura
de sus muslos?
Era evidente que platónico no había sido, pero
le costaba trabajo creer, ni tan siquiera era capaz de imaginar
a su abuela en los trances que describía su apasionado
amor
Intento contener mi tinta, que no sea acequia que se desborde,
pero mis propósitos llegan tarde. Tus ojos moros me
robaron el alma y tu cuerpo de hechicera la aprisionó.
Te sueño cada noche como volcán que arrasa,
mi lujo imposible, mi secreto amor.
Cada línea que leía penetraba en su alma como
si esa carta estuviese dirigida a ella misma. Las lágrimas
anegaron sus ojos, tanto sentimiento no deja indiferente a
nadie.
Volvió al cuarto donde la inspiradora de esas líneas
dejaba pasar los últimos años de su vida.
-¿Qué te ocurre niña? ¿No será
cosa del amor?
Terminó de decir esas palabras y un suspiro tan profundo
como doloroso salió de su viejo corazón.
Y entonces Julia supo que ese cuerpo viejo albergaba un alma
joven que había amado mucho.
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