EL
REENCUENTRO (II) |
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viene
de atrás
...Cerró los ojos y su mente y su alma se trasladaron
sesenta años atrás. ¡Era tan joven! ¡Tenía
tantos sueños por delante, tantas ilusiones...! Trabajaba
ayudando a sus padres, los guardeses de la finca de cerrogordo.
Ese verano era el primero que él iba a pasar en ella.
Normalmente aprovechaba la temporada para sacarse un dinerillo
extra en los hoteles de las playas cercanas. Pero ese año
los señores pensaban pasar todo el verano en la finca,
la niña se casaba en septiembre y preferían
quedarse cerca de la ciudad para ultimar todos los preparativos.
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La
niña, Lola, su Lola. Nunca nadie supo lo que ocurrió
en aquel caluroso verano de 1949. Entonces la sociedad era
otra, la vida era otra. Estaban los señoritos y ellos.
Y sus mundos nunca se juntaban salvo para las lógicas
relaciones de servidumbre de los segundos a los primeros.
Pero en aquel verano toda la lógica de aquel rígido
mundo se derrumbó en el momento en que Lola y él
se miraron. A hurtadillas primero y abiertamente después,
buscaron el refugio de las horas mas intempestivas, para dar
rienda a una pasión condenada aún antes de empezar.
Una pasión en la que no sirvió de nada la rígida
educación de la niña, apenas salida ese verano
del internado de las hermanas del Carmelo, donde había
transcurrido prácticamente toda su vida.
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En
las caballerizas pecaron contra todos los mandamientos divinos
y humanos que entonces regían la vida y la muerte y
lo hicieron con ensañamiento, casi con rabia, porque
sabían que su amor estaba condenado, era un amor maldito
en el que ambos se lo jugaban todo. Él la vida, si
hubiesen sido sorprendidos por el señor, por el padre
de ella, este le hubiese descerrajado un tiro sin pensárselo
y la justicia lo habría aplaudido. Y ella, la honra,
que en aquel entonces era el mayor bien de cualquier mujer
decente.
Pero les daba igual. Nunca había existido pasión
como la suya, ni nunca el amor había sido tan intenso.
Sin
embargo duró lo que dura el estío. Ambos lo
sabían y aún así se dejaron llevar por
ese sentimiento que marcaría para siempre la vida de
los dos.
Ella se casó en septiembre y nunca más volvieron
a verse.
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Y ahora cuando ya solo esperaba la muerte, recibía
esa llamada para informarle que Dª Dolores Párraga
López había muerto y que entre sus últimas
voluntades había dado orden de que lo buscasen y le
comunicasen el óbito.
Casi sin fuerzas, abrió los ojos y volvió a
mirar aquella vieja foto. Desde la cartulina creyó
que Lola le sonreía y le tendía una mano. Liviano
como ya ni recordaba que pudiera volver a sentirse se asió
a ella.
Al día siguiente cuando lo encontraron sus hijos, todavía
tenía un brazo tendido hacia delante. No parecía
haber sufrido, más bien todo lo contrario, parecía
tranquilo, incluso feliz.
Lo único que extrañaron fue la foto de aquella
desconocida caída a sus pies.
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