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Al
fin encontró lo que buscaba, una vieja caja de cartón
duro atada con una cuerda. La abrió y sacó de
ella una vieja foto en blanco y negro. Una bella joven le
sonreía apoyada sobre una roca en una desierta y anónima
playa. El viento jugaba con su pelo y ella se lo apartaba
en un gesto eterno, inmortalizado para él desde un
lejano pasado, que inexplicablemente ahora retornaba a su
vida.
El corazón se le aceleró al verla, el médico
le había advertido que no debía recibir impresiones
y esta era la mayor de las que jamás hubiese podido
soñar. Su corazón latía tan acelerado
como en aquel lejano verano y lo hacía como entonces,
al son de su nombre: Lo-la, Lo-la, Lo-la. Era como el tic
tac de un reloj, del reloj de su vida, o de la que debería
haber sido su vida.
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