Leer
la primera parte del relato
-¿Ha probado alguna vez a volar sobre ríos de
fuego, a cantar danzas a las tormentas, a hacer filigranas
sobre castillos encantados, a ver como la pena y la súplica
surgen a la mirada cuando los cadáveres a tu alrededor
alzan sus inertes manos en un ruego de ayuda y desesperación?
¿Ha conocido el propio paso del tiempo y lo ha dejado
atrás, sintiendo como las sombras de la incertidumbre
se arrojan sobre uno mismo ajenas a lo que espera más
adelante? ¿Se imagina lo que puede sentirse tocando
un fuego que enfría, viendo claridad en la noche, llorando
lágrimas aladas y probando la sabia de rosas azules?
¿Sabe lo intricado que es desentrañar los secretos
de las entrañas de los muertos como única fuente
de conocimiento, pues nada hay que pueda aprender en un tiempo
al que no pertenezco, y al que voy terriblemente adelantado?
Creo que no, doctor.
Brujo, así puede llamarme.
Me gusta esa palabra. Brujo.
¡Yo!, que he nacido bajo aires de pureza, bajo mares
azulados y limpios, y ahora el humo de la urgencia y las obligaciones
me asfixia cada día un poco más.… Hay
que acabar con todo eso. |
RELATOS
ESCOGIDOS:
LA CARTA - parte II |
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Diehn
tragó saliva, pero le costó un terrible esfuerzo,
pues tenía un nudo en la garganta que le impedía
pensar y actuar con naturalidad. Esperanza. Sí, tenía
algo de eso, pero cada vez se hacía más pequeña.
La carta del brujo yacía, como la de Diehn, sobre la
mesa, oculta a los ojos, esperando mostrarse y sentenciar
o premiar a aquel que había venido en busca de algo.
¿De qué? Esperanza. Mi vida anterior...
¡NO!, una nueva vida…
Un mal padre. Un mal esposo. Un mal doctor.
Sí. Tal vez, si ganaba la partida, podría remediar
aquello. Volver a empezar desde cero. Sin alcohol, sin violencia,
sin odio. Su trabajo como doctor en el Hallensbury Hospital
le había venido ciertamente bien durante gran parte
de su vida. Allí podía adelantar la muerte de
aquellos a los que odiaba, de todos en general, pues su carácter
misantrópico era demasiado fuerte como para ocultarlo
en algún oscuro y secreto lugar del alma, y siempre
podría salir bien parado gracias a excusas y mentiras
enfloradas y a la ayuda de sus colegas de trabajo. Había
traído demasiado dolor al mundo, lo sabía, pero
ese dolor era su cura, su bálsamo para su soledad y
su depresión, un sentimiento empático que le
ponía, a su vez, en el pellejo de los demás,
y así su propia miseria no le parecía tan grande…,
pero solo por unos momentos. |
-Como le iba diciendo, doctor –-calada, ojos entrecerrados,
humo saliendo de los labios-, me confesaré. Desde siempre
he intentado ser imparcial en las vidas de los demás,
ya sabe, algo ajeno a ellas y que solo se deja ver muy de
vez en cuando. E incluso lo normal es no saber de mí
jamás, salvo raras excepciones. Hubo algunos…
-sus ojos se abrieron algo más, contemplando, soñadores,
el elevado techo-, oh, sí, hubo algunos que estuvieron
tentados de conocerme, de comprenderme. ¿Puede imaginarse,
doctor? ¿Comprenderme a mí, la incomprensión
encarnada? No, claro que no puede -Labios torcidos en la mueca
de desdén-. Pero he de reconocer que lo hicieron bastante
bien, dados los pocos años de vida que tenía
el mundo por aquel entonces. Filósofos, se hacían
llamar. Oráculos, se decían otros. Cuánto
bien y cuánto mal ha hecho la teoría, el pensamiento,
la incertidumbre y el ansia de saber. La humanidad siempre
cargará con ese lastre. La ignorancia es la felicidad,
y cuánta razón tenían. Hubiera sido mejor
para el mundo desconocer mi existencia, vivir en sueños
aterciopelados de óleo y luces, maldiciendo los monstruos
de las leyendas o los fantasmas de las viejas historias, porque,
a fin de cuentas, siempre queda el consuelo de maldecir las
historias, donde el temor queda tras las llamas de la hoguera.
La ignorancia…
»Pero no quisiera andarme más por las ramas,
doctor Diehn. Usted ha venido a mí con la pretensión
de ganarme a las cartas, ¡a mí!, que llevo jugando
siglos y siglos, con todo tipo de gentes, en cavernas, en
chozas, en castillos y en palacios, y pocas veces he tenido
que conceder deseos. ¡A mí!, que conozco el significado
de lo infinito y la vaguedad de la inteligencia... Pero bien,
juguemos pues, no quisiera entretenerle más.
Ahí estaba, llegó el momento.
El humo del incienso, ajeno al tumulto de sentimientos que
bullían en el interior del corazón de Diehn,
ascendía y ascendía, como una serpiente de humo
encantada por algún tipo de sinfonía inaudible.
Dieh levantó su carta, deprisa, resignado lo que fuera
que le deparara el destino. No tenía nada que perder,
sí mucho que ganar. Una nueva vida, las cosas bien
hechas, ningún mal paso. Nada de alcohol. Un siete.
No está mal. Solo cuatro cartas lo superan. Tengo
bastantes posibilidades…
Un mal padre.
Por favor, tengo que ganar. Lo necesito. Una vida nueva.
El brujo, muy lentamente, saboreando los frutos del miedo
y las deliciosas esencias del temor, acercó la mano
a la carta que yacía, silenciosa, inerte, sobre la
mesa. Como un libro que se abriera, un libro maldito que encerrara
los misterios de la noche y las sombras, la carta se dio la
vuelta, como el paso de toda una vida hacía las orillas
de su destino final. Cuando quedó a la vista el número,
Diehn sintió el golpe de un gigantesco tambor sacudirle
el pecho. Un nueve.
Los ojos grises con nubes negras del brujo se alzaron hacia
los suyos, ahora vacíos y lacrimosos, y parecieron
adoptar cierto aire de decepción, tal vez acrecentada
esa sensación por las profundas arrugas que bordeaban
tan hermosos ojos.
Diehn sintió un repentino temblor en su corazón,
un martilleo fuerte y rítmico que perdía intensidad
a medida que el aire de la habitación se enrarecía
y le llegaba con menos frecuencia. Poco a poco, su piel se
tornó cerúlea, su sangre helada recorriendo
su débil cuerpo, y el cabello laxo y débil se
caía a trozos, como su alma y su vida.
Un mal esposo. Ya no había aire. Los pulmones
le ardían, el corazón se detuvo.
Un mal padre. Oscuridad. Los ojos del brujo lo miraron,
neutros, sobre una baraja de cartas maldita. Un vórtice
de sombras se arremolinó en su interior, apagando cualquier
chispa vital que aún pudiera latir en aquel hombre
enfermo y que sólo había deseado enmendar los
errores de su vida. |
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COLABORACIONES
CON MATEMÁTICAS Y POESÍA: Abel
Loro Valero |
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